#10 - Leer hasta que se vuelva hogar
Hay una etapa en el proceso de la escritura en la que un texto gana vida propia. Empieza a decirte qué necesita para que la historia sea contada y leída por vos, lector. A veces, lo escuchás y seguís escribiendo como si recibieras un mensaje del más allá, como si canalizaras algo. Pero a veces lo ignorás, insistiendo en que cumpla tus caprichos escritos. Si hacés eso, el proceso de escribirlo puede costarte días, sueños, otros textos hasta que lo encajones o simplemente decidas escuchar esa voz y darle la razón.
 
Y fue exactamente eso que pasó con este texto. Tardé días en escribirlo porque me pidió empezar con algo que suelo evitar: hacer preguntas. No es que esté mal o incorrecto, simplemente prefiero no usar (y abusar) de ese recurso. Ahora, si quiero generar estratégicamente una inquietud en quien lee, no veo por qué no hacerlo.
 
La verdad es que prefiero cuestionar antes que preguntar en un texto, y eso no significa lo mismo. Las preguntas dejo para las entrevistas (uy, perdón por esa periodista dramática que a veces se adueña de mí y habla pavadas). Mejor, me las hago antes de escribir e intento responderlas mientras escribo, llevando al lector a una conversación en la cual también pueda cuestionarse y cuestionarme.
 
En fin, voy a dejar de dar vueltas con eso y ponerme al costado para que el texto haga lo que quiere hacer: ¿Por qué leo? ¿Por qué leés? ¿Por qué leemos?
La lectura como obligación
Yo solo leía por leer. Porque debía leer. Una obligación por mi trabajo. Tenía que estar informada, saber y entender todo lo que pasaba. Pero también crecí en un contexto en el que leer estaba asociado a la producción de conocimiento.
 
Entonces, mi lectura tenía que ver más con la escuela o con la facultad. Visitaba las bibliotecas de ambas, apenas para estudiar o retirar libros que los profesores pedían. Si visitaba librerías, también era para comprar libros para aprender algo. No tenía una biblioteca familiar heredada en mi casa, sino pilas de diarios y revistas que mis padres leían. Hasta los gibis formaron parte de ese recorrido.
 
Ese hábito no era exclusivamente mío y de mi familia, compuesta por una madre, un padre y una hija, de clase media que vivió en el suburbio de Recife en los años 80 y 90. Tampoco es algo exclusivo de una época.
 
En la última edición del sondeo Retratos da Leitura no Brasil, de 2024 realizado por el Instituto Pró-Livro, por primera vez, la proporción de no lectores superó a la de lectores. El 53% de las personas entrevistadas dijo que no leyó ni una parte de un libro de ningún género en los tres meses anteriores al estudio, y solo un 27% afirmó haber leído libros enteros en ese mismo período.
 
No traigo estos datos para hacer comparación, sino darnos un panorama. Según una investigación reciente del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), Argentina lidera en Latinoamérica con un 55% de lectores, seguida por Chile con 51%, luego Brasil con 46%, Colombia con 45%, Perú con 35% y México con 20%.
 
Y aquí aparece un dato que sostiene mi contexto de formación lectora. En la mayoría de los países, como Brasil, México o Chile, la lectura se realiza en un 50% por búsqueda de conocimiento o razones académicas. En cambio, en Argentina, la principal razón es por puro placer, con un 70%.
Leer desde el desarraigo
Como migrante, luego de vivir 14 años en Buenos Aires, mi relación con la lectura cambió. Hoy leo para matar la saudade, sobre todo cuando lo hago en portugués. No solo por el idioma, sino por las historias en las que encuentro mi sentido de pertenencia. Por eso, cada vez que vuelvo de Brasil, traigo livros que se suman a los libros de mi biblioteca —por fin, estoy construyendo una.
 
También leo para conocer otras historias, aquellas silenciadas o sin voz. Porque entendí con la escritora brasileña Conceição Evaristo que el vacío histórico, o sea, aquello que la historia no nos puede ofrecer, es completado por la literatura. Así que leo para conocer otros mundos. Para entender a otros, principalmente aquellos que cruzan fronteras.
 
La escritora nigeriana Chimamanda Adichie un día me hizo recordar que, más que nunca, como migrante y persona que escribe, no puedo caer en el peligro de la historia única. Necesito estar atenta a los narradores que distorsionan, que llenan sus relatos de estereotipos, creando realidades idealizadas que pueden generar adoraciones o rechazos, como el racismo, la xenofobia o la homofobia.
 
Por eso, me gusta decir que los libros son puentes que nos conectan con otras historias. Eso me enseñó la escritora argentina María Teresa Andruetto:
 
“(...) A un extremo y al otro de lo escrito y lo leído hay personas que se encuentran, y ese momento que ofrece la lectura es el puente en el que se encuentran subjetividades que pueden incluso, como bien sabemos, ser de distintos siglos, de distintas culturas, de distintas lenguas. Leemos porque deseamos cruzar esos puentes, acceder a experiencias que no podríamos transitar de otra manera (...).”
 
Esos puentes —esos cruces— no se hacen solos. Alguien tiene que construirlos.
Del otro lado de la frontera
Además de resistirme a cumplir con ese deseo de preguntar del texto, tardé días en escribirlo por otro motivo. La base de este escrito la había armado como guión para un encuentro online con el Club Corazón Salvaje sobre lecturas entre fronteras a fines de 2025. Quería aprovecharlo para el Día del Libro, pero hubo movimientos sorpresivos del otro lado de la frontera que me hicieron postergar su escritura.
 
El gobierno brasileño lanzó en el inicio de abril una biblioteca digital llamada MEC Livros, reuniendo obras en dominio público y obras contemporáneas autorizadas. Son 25 mil libros nacionales e internacionales y 600 mil usuarios inscritos en su primer mes, según el Ministerio de Educación.
 
Semanas después, anunció el Plano Nacional do Livro e Leitura 2026-2036. Sus objetivos son ampliar el acceso al libro en todo el país, incentivar la producción literaria nacional, fortalecer la cadena productiva del libro, como espacio de lecturas, en especial bibliotecas públicas, escolares y comunitarias. Tiene como meta elevar el porcentaje de lectores del 47% al 55% de la población hasta 2035 con foco en la reducción del costo del libro y la expansión de librerías en el interior del país.
 
Volviendo a este lado de la frontera, parece que vamos en contramano. Se realizó la 50º Feria del Libro de Buenos Aires en medio de un contexto económico nada favorable. En los diarios argentinos, el sector de las librerías cuenta que siente una caída de 20% a 25% en las ventas, las editoriales están publicando más, pero con menos copias y ya se registra un retraso en la cadena de pagos. Por otro lado, Ediciones de la Flor anunció su cierre definitivo tras casi 60 años de trayectoria de publicaciones emblemáticas, como la Mafalda de Quino y libros de Roberto Fontanarrosa y Rodolfo Walsh.
 

Todo es muy incierto por aquí. Aun así, sé que Argentina tiene algo que Brasil todavía está en proceso de construcción: el hábito de la lectura. Me aferro a la declaración de la escritora argentina Selva Almada, durante la inauguración histórica de la feria junto a Maria O’Donell, Gabriela Cabezón Cámara y Leila Guerriero, de que leer es un derecho.

 
Rafa Aguiar
 
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Este texto forma parte de la columna Entrelíneas y fue enviado originalmente a través del newsletter Correo Ohlindero el día 8/5/2026. Si querés recibir las próximas antes de que se publiquen acá, podés sumarte al Correo. Es gratis.

 

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