Faltan pocos días para la celebración más esperada de Brasil. Para los brasileños, claro, y también para quienes, más allá de sus fronteras, buscan festejarla. Me arriesgo a definirla así porque es casi imposible no asociarla al país que, si bien la comparte con otras naciones occidentales, la hizo suya en todo su territorio.
Se sabe de su fama y, por eso, siempre surge la misma pregunta: ¿cómo es el Carnaval en Brasil?
Una pregunta difícil de responder. Porque cada estado brasileño tiene su forma de carnavalizar: sea con samba, frevo, maracatu, axé music y tantos otros ritmos y tradiciones culturales. Es diverso, imposible de encasillar. Hasta podría describirte cómo es ese carnavalizar en cada rincón del país, pero no estaría siendo del todo sincera. Esa fiesta en Brasil no es solo diversa en su forma, sino también en su esencia, en cómo cada brasileño la habita. Porque cada uno tiene su propio Carnaval. El mío es este.
Hacer el conteo regresivo cuando faltan cien días para la celebración, mientras espero el anuncio de la programación. Comenzar a preguntar a amigos y familiares si ya saben si viajan o si se quedan, para ir coordinando salidas carnavalescas. Compartir historias de carnavales anteriores, que más parecen cuentos de Carnaval. Volver a ver fotos de otros años para no repetir las fantasias y reírme de las que mi mamá me hacía usar cuando era chica.
Desesperarme con la programación de las prévias, de los bailes y blocos de los fines de semana. ¿Hay dinero para todo? Pasar horas en internet buscando ideas para las fantasias más copadas o la ropa con más lentejuelas, más brillo, más color. De nuevo: ¿hay dinero para todo? Escuchar frevo en cada comercio que visito mientras busco qué usar para carnavalizar.
Encontrarme, perderme y volver a encontrarme con amigos y familiares en las prévias. Salir de casa como si fuera una tapa de Vogue y volver como una atleta después de una maratón. Perder algo o encontrar algo: queda abierto a suposiciones. ¿Hay dinero y energía si aún faltan semanas para el Carnaval?
Me da igual ir a los bailes y sentirme parte de la realeza del Rei Momo, o ir a un bloquinho y sentarme en el cordón de la vereda para descansar. El Galo da Madrugada ya está en el puente Duarte Coelho: ¿es más bello que el del año anterior? ¿Tengo dinero para un camarote? Tal vez el presupuesto alcance para tres cervezas por R$10, botellas de axé y espetinhos. ¡Qué lindas las calles decoradas! Ya es viernes y vamos a la oficina fantasiados. Oficialmente, arranca el Carnaval.
Es sábado. ¿Vamos al Galo da Madrugada o a Olinda por la mañana? Seguro, por la noche, Recife Antigo. Frevo, maracatu, caboclinho, brega, samba… y bailar sin haber tomado clases de danza. Encontrarme, perderme y encontrarme otra vez. Conocer a alguien y despedirme de alguien más, también queda abierto a suposiciones.
Cuando el bloco arranca con Vassourinhas, es como si un médico me aplicara una inyección directa de adrenalina para seguir adelante. Despertarme tempranito para ir a Olinda y volver al amanecer desde Recife Antigo. Además de subir y bajar las ladeiras de Olinda, está la opción de ir al interior para ver los papangus, las caiporas o los caretas. Hacer espacio para que pasen los caboclos de lança y los cortejos das nações.
Emocionarme con el himno de Pernambuco al ritmo de frevo y hacer pogo con manguebeat. Cantar todas las marchinhas y los hits del verano. Transformarme en un bicho maluco beleza durante cuatro días y volver a ser quien soy después del mediodía del miércoles, la Quarta-feira de Cinzas. Compartir esas historias —que más parecen cuentos de Carnaval— hasta que vuelvan a faltar, otra vez, cien días para empezar de nuevo.
Rafa Aguiar
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Este texto forma parte de la columna Entrelíneas y fue enviado originalmente a través del newsletter Correo Ohlindero el día 11/2/2026. Si querés recibir las próximas antes de que se publiquen acá, podés sumarte al Correo. Es gratis.
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