#9 - Escribir en el camino
Siempre voy a la psicóloga caminando. Aprovecho el recorrido para definir el tema de la sesión y tener la respuesta lista para cuando me pregunte de qué vamos a hablar. Pero hubo un día en que las veinte cuadras que separan mi casa de su consultorio no fueron suficientes. Así que empecé la sesión quejándome de la guerra entre EE.UU./Israel e Irán, de los feminicidios, de la Argentina sin una perspectiva económica, del movimiento redpill entre los jóvenes… y de que ya no aguantaba más el periodismo. No por el hecho de hacerlo —hace un par de años que ya no lo hago, al menos no de la manera en que lo hacía—, sino por consumirlo.
 
Se me volvió imposible lidiar (y filtrar) ese caos informativo al que estamos expuestos por las pantallas de todos los tamaños. Tal vez la edad empieza a pasarme factura. Después de escuchar mis quejas, la psicóloga me preguntó cuándo había empezado como periodista. Respiré hondo y tardé en responder. Necesitaba hacer bien los cálculos. Ya no sé bien cuándo se termina mi vida brasileña y empieza mi vida argentina. Me di cuenta de que este año se cumplen veinte años desde que escribí mis primeras notas periodísticas.
 
Tenía 22 años cuando empecé a trabajar en uno de los diarios de mi ciudad en Brasil, el mismo en el que hice la pasantía antes de recibirme. Mi editora me había prometido recomendarme entre sus colegas ni bien apareciera una vacante en alguna de las secciones de la redacción, y así fue. Era para ser reportera en economía. Me hizo dudar. Nunca había escrito sobre datos económicos o inversiones, pero la editora de la sección me convenció luego de una reunión para conocernos mejor.
 
Con lo que aprendí en la facultad y con la pasantía como redactora en la primera versión digital de ese diario, pensé que sería suficiente para empezar. Pero descubrí durante mi primera conferencia de prensa que no.
 
Mi libreta era un caos. Necesitaba escribir la nota para entregarla en pocas horas y no tenía idea por dónde empezar. Me acerqué a la subeditora que trabajaba en su computadora para confesar mi pecado, y me puse de cuclillas a su lado para que nadie de la redacción me viera ni escuchara mi penitencia. A cambio, me pidió que le leyera todo lo que había escrito en mi libreta y me acercó una silla para que me sentara. Mientras seguía con la lectura, escribía en su computadora algunas frases con entusiasmo. Parecía disfrutar de mi caos. No era un texto listo, sino orientaciones sobre cómo empezar la nota.
 
Escribí el primer borrador, que la subeditora me devolvió con observaciones. Hice los ajustes y se lo envié nuevamente. El ida y vuelta se extendió un poco. Ese día escribí apenas una nota, cuando mis vecinos de escritorio escribían al menos cuatro. Preferí no conversar mucho con ellos. Tampoco socializar en el pasillo del cafecito antes del cierre de la edición.
 
Si bien el texto fue publicado en el diario del día siguiente con mi nombre, solo me importaba qué habían escrito los colegas de los otros medios que también estaban en la conferencia de prensa. Esa rutina se repitió cotidianamente, con intervalos de llanto en el baño del diario.
 
Poco a poco fui acostumbrándome al caos de mi libreta y a quedarme parada al lado de la subeditora y de la editora para contarles mis coberturas. Las idas y vueltas de los borradores se redujeron. Ya no escribía solo una nota por día. Empecé a leer más mis notas publicadas al día siguiente antes de leer las de los otros medios. Las visitas al baño eran para lo que correspondía. También compartía chismes en el pasillo del cafecito. Hasta que dejé de preguntar a la editora y a la subeditora cómo empezar a escribir y ellas empezaron a preguntarme qué iba a escribir.
 
La psicóloga me interrumpió y me preguntó si había encontrado mi voz. Nuevamente respiré hondo y me tomé unos segundos para responder. Para aquel entonces, sí. Sonó el timbre. Era el próximo paciente. Volví a caminar las veinte cuadras pensando en cómo escribir este texto.
 
Rafa Aguiar
 
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Este texto forma parte de la columna Entrelíneas y fue enviado originalmente a través del newsletter Correo Ohlindero el día 21/3/2026. Si querés recibir las próximas antes de que se publiquen acá, podés sumarte al Correo. Es gratis.

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