#11 - Crónica hecha azúcar
No sé en qué momento ir al supermercado se transformó en una salida en pareja. Cada vez que hacemos nuestras compras quincenales por la tarde, paramos para merendar en un café ubicado dentro del supermercado. Científicos dicen que hacer compras con la panza vacía nos hace comprar más de lo necesario. No sé bien dónde vi eso, tal vez en uno de esos videos que el algoritmo insiste en mostrarme. Tampoco sé si es cierto o no, pero algo de eso se refleja en el ticket de compras —sin tener en cuenta, por supuesto, la inflación de los precios. Además, cuando tengo hambre, me posee un espíritu endiablado que quiere pelear con todas las personas que dejan sus changuitos abandonados por los pasillos.
 
Con la panza llena, seguimos para la segunda parte de la salida: caminar con mi pareja mientras empuja el changuito por los pasillos del supermercado. Nos dividimos para no tardar tanto. Para él, es una pérdida de tiempo. Para mí, es tomarme un tiempo. A veces pasamos juntos por el bazar a ver si hay novedades. Mi meta es encontrar cucharas Tramontina de mango negro, pero solo hay las de madera. No hacemos listas de qué tenemos que comprar. Siempre compramos lo mismo. También aprovecho para mirar cada góndola a ver qué se me antoja comer distinto esa quincena, siempre que la guita alcance.
 
La primera sección que visita mi pareja es la de los papeles y luego sigue por las frutas. Yo, en cambio, voy a los productos de cuidados personales. No puedo olvidar mis cremas. Sigo con las verduras y legumbres, donde me encuentro con él para dejarle las cosas. Enseguida, él va a las carnes, elige algo bovino y algo de pescado, y después va a buscar los vinos. Me adelanto y voy al área de almacén. No puedo olvidar mi arroz. Un brasileño no puede vivir sin arroz. Nuevamente, encuentro a mi pareja y acomodo todo lo del almacén en el changuito.
 
De ahí, seguimos juntos por los pasillos de productos de limpieza, desayuno y merienda. Me acerco al sector del azúcar, donde siempre hay apenas unas pocas marcas de azúcar común, acompañadas por largas filas de edulcorantes de diversos tipos. Pero esta vez no había azúcar. Ni en los contenedores enrejados ni en las góndolas. Nada. En más de una década viviendo en ese país, ya había presenciado faltantes de productos por los más diversos motivos, pero faltantes de azúcar, jamás.
 
A pesar de la panza llena, me enojé. Y no podía parar de pensar si en mi alacena todavía tenía algún paquete mientras seguíamos con las compras por los lácteos y congelados. Pagamos y volvimos a casa. Antes de acomodar las compras, lo primero que verifiqué fue si aún había azúcar en la alacena. Sí, pero solo un paquete cerrado y unos pocos cristales en el azucarero. Mi pareja trató de tranquilizarme. Prometió que el azúcar quedaría solo para mí hasta nuestra próxima salida quincenal, su excusa perfecta para, en fin, seguir con su dieta de no endulzar el café.
 
Llegó el día del supermercado. Merendamos, hicimos nuestro recorrido y el azúcar seguía sin aparecer. Lo único que había era un cartel que avisaba la cantidad máxima de dos paquetes por compra. Una señora, con la mirada perdida en el vacío de la góndola, encontró en mi cara la misma expresión que anunciaba un “puta que pariu”. Era 2023. Por una fuerte sequía, los ingenios argentinos demoraron la zafra y el stock no alcanzó para cubrir la demanda, dejando las góndolas de los supermercados prácticamente vacías entre mayo y junio.
 
Así que empecé a racionar mi azúcar a contragusto, reduciendo la cantidad de cucharadas. Nunca en mi vida había racionado azúcar. En Recife, jamás faltó azúcar en mi casa. Tampoco recuerdo haber visto supermercados con faltantes de azúcar. Subas de precios, sí. Nunca en mi vida había tomado un café o un té amargo. Ni aquí ni en ningún lugar de Brasil. La verdad es que no sé qué haría un brasileño sin azúcar. No, peor. Qué haría un nordestino sin azúcar. Me negué a usar un edulcorante que estaba perdido en la alacena y que mi pareja había comprado para su dieta de no endulzar el café.
 
En la salida siguiente, no quería tomarme un tiempo recorriendo los pasillos del supermercado. Quería llegar a la góndola más deseada de las quincenas. Había azúcar, por fin, pero solo se podían comprar dos paquetes y a un precio 25% más caro. No me importó. Necesitaba reponer el stock de mi azúcar. Si solo podía comprar dos paquetes, compré dos. Se pasaron algunas quincenas y mi pareja, al ordenar la alacena, se encontró con seis kilos de azúcar, como quien encuentra un botín perdido lleno de oro blanco. Solo Gilberto Freyre lo entendería.
 
Rafa Aguiar
 
 

Este texto forma parte de la columna Entrelíneas y fue enviado originalmente a través del newsletter Correo Ohlindero el 13 de agosto de 2026. Si querés recibir los próximos antes de que se publiquen acá, podés sumarte al Correo suscribiéndote aquí.